Educar el carácter: Volver a ser en tiempos de ruido
- Sapere Aude

- hace 3 días
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Hace unos días me hicieron una entrevista en la radio sobre un tema que me apasiona: educar el carácter y la relación educativa. Hacía tiempo que no escribía en el blog, y quizá esta conversación ha sido la ocasión perfecta para retomar una convicción que atraviesa toda mi investigación: la educación no puede reducirse a resultados, competencias o conductas. Educar es, ante todo, ayudar a crecer en humanidad.
Volver al ser: la educación no fabrica personas
Durante mucho tiempo hemos identificado la educación del carácter con enseñar virtudes o fomentar buenos hábitos. Pero educar el carácter es algo más profundo. No se trata solo de enseñar a “hacer lo correcto”, sino de ayudar a cada alumno a descubrir quién es y cómo puede llegar a ser mejor persona.
Leonardo Polo insistía en que la educación debe partir de lo recibido: el temperamento, la historia, los dones personales. Esto cambia radicalmente la mirada. No educamos desde cero ni fabricamos personalidades; acompañamos un crecimiento que ya está en marcha.
La educación del carácter no empieza por imponer ideales externos, sino por reconocer el ser personal como punto de partida. Primero el ser; después, el obrar.
Libertad acompañada: el corazón de la educación personalizada
No se puede educar el carácter sin educar personalmente. Cada alumno es único e irrepetible. Y eso no significa hacer treinta programaciones distintas en un aula, sino tener treinta miradas distintas.
Polo afirmaba algo provocador: el hombre no tiene libertad, es libertad. Educar el carácter significa acompañar esa libertad, no sustituirla. Escuchar, observar, confiar, ofrecer una palabra a tiempo.
Viktor Frankl recordaba que cada persona tiene una misión única e insustituible. Cuando un profesor mira a su alumno desde esa convicción, ya está personalizando la educación.
Personalizar no es complicar la docencia; es profundizarla.
Autoridad y amistad: una tensión fecunda
¿Debe haber amistad entre profesor y alumno? Sí, pero no una amistad de colegas.
Aristóteles hablaba de la amistad virtuosa: querer el bien del otro por sí mismo. Esa es la clave. La autoridad auténtica no nace del control, sino del amor que desea el crecimiento del otro.
Cuando un profesor corrige por el bien del alumno, su autoridad no disminuye: se fortalece. Educar es, en el fondo, un acto de amistad exigente.
Más que intelecto: una visión unitaria de la persona
Seguimos, quizá, demasiado centrados en la cabeza: rendimiento, notas, resultados. Pero la persona no es divisible. Somos inteligencia, voluntad, afectividad y cuerpo. Si solo educamos la mente, dejamos al alumno sin raíz ni dirección.
Educar el carácter implica enseñar a pensar bien, sí, pero también a querer bien y a amar bien. La formación intelectual sin orientación interior puede producir brillantez… pero no necesariamente humanidad.
La familia y la escuela no pueden repartirse al alumno como si fuera un rompecabezas. Todo educa: el ambiente, las palabras, los silencios, el ejemplo.
Virtudes, pero desde dentro
Las virtudes son fundamentales, pero no son el punto de partida. Antes de pedir excelencia, hay que ayudar al alumno a conocerse y aceptarse. Cuando uno se reconoce, puede crecer sin caer en el perfeccionismo ansioso.
Las virtudes auténticas brotan del ser. Si no, corremos el riesgo de imponer modelos que generan frustración en lugar de plenitud.
Educar la imaginación: el laboratorio interior del bien
Uno no puede elegir el bien si antes no lo imagina. La imaginación es el laboratorio interior donde se ensayan posibilidades, donde nace la empatía y donde la libertad encuentra horizontes.
Leonardo Polo advertía que sin imaginación la inteligencia funciona mal. Hoy, saturados de estímulos visuales, nuestra imaginación corre el riesgo de volverse pasiva.
Necesitamos reactivarla: leer literatura, crear, dibujar, narrar, contemplar. La imaginación bien educada no evade la realidad; la ensancha.
Más allá de la conducta: mirar el fondo
En el día a día escolar solemos centrarnos en la conducta. Corregimos lo visible. Pero la conducta es superficie. Si nos quedamos ahí, educamos en la apariencia.
Educar el carácter exige preguntarse: ¿qué siente?, ¿qué busca?, ¿qué le mueve? Corregir no es reprimir, sino guiar desde dentro. No basta con “haz lo correcto”; hay que ayudar a descubrir por qué el bien merece ser elegido.
Acompañar la intimidad sin invadirla
Nuestros estudiantes están descubriendo su mundo interior. La intimidad no se impone, se ofrece. Solo se revela cuando hay confianza.
El educador no dirige ese espacio; lo custodia. Crea ámbitos de escucha, de respeto, de silencio. Ofrece un espejo donde el alumno pueda reconocerse sin miedo.
Desde una antropología trascendental, el ser humano coexiste con Dios. Esa relación es íntima y libre. En la educación de la fe —pienso especialmente en los profesores de religión— el camino no es la imposición, sino el testimonio. Proponer, no imponer.
Educar en el silencio: recuperar el espacio interior
Vivimos en una cultura del ruido. Pero el silencio no es solo ausencia de sonido; es presencia interior.
Frankl decía que entre el estímulo y la respuesta hay un espacio, y en ese espacio reside nuestra libertad. Educar en el silencio es enseñar a habitar ese espacio.
Pequeños gestos bastan: unos minutos de calma antes de empezar, trabajar sin música constante, aprender a respirar, a escuchar. El silencio nos devuelve al ser y nos prepara para amar mejor.
Educar es acompañar el crecimiento de un ser libre
Quizá necesitamos recordar algo esencial: el fin de la educación no es producir resultados, sino ayudar a cada persona a ser más.
Educar el carácter es acompañar el despliegue de una libertad que ya está ahí. Es mirar al alumno no como proyecto que debemos diseñar, sino como misterio que merece ser respetado y alentado.
En tiempos de métricas y competencias, volver al ser puede parecer contracultural. Pero tal vez ahí esté la tarea más urgente: educar para la libertad interior, para el sentido, para el amor.
Porque educar, en último término, es un acto profundamente humano: ayudar al otro a llegar a ser quien está llamado a ser.



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